Perdidos. La noche se abre en andenes. Soledad a la deriva en las calles. En las sombras. En las avenidas. Angustia haciendo dedo en una esquina. Neblina arrugada en el insomnio. En el empedrado. La desolación temblorosa tropieza en la nada. En las ojeras de la melancolía. Semáforos parpadean la madrugada ambulatoria de los grillos. Frío. Mucho. Pasajeros del abandono en la neblina. Tal vez del fracaso. Ráfagas de silencio tiritan en el desconcierto de los perdidos en la noche.

(http://www.youtube.com/watch?v=Nb-5aQ1EIgc).

Sonríe. En la esperanza del abrazo. En la mirada del corazón. Chingolos en vuelo soplan los molinos del sentimiento. Un quetupí le dice a su flor: “No podría vivir sin vos”. La nocturnidad ejercita una melodía desnuda. Profunda como un precipicio de ternura. Una pareja esculpe un beso en la plaza. La felicidad anda a la deriva. Su mano puede acariciarte en cualquier momento. Un whisky sereno dibuja el afecto entre dos hielos. Hidrata el pulso de los amantes. De los amigos. Manda al exilio los dolores. Los rencores. Los miedos. Ahora el amor cosecha la luz. La paz. La belleza de esas manos que se abrazan. Sonríe que mañana puedes ser solamente un recuerdo.

(http://www.youtube.com/watch?v=MBcgc31s_m8).

Cuando Toots Thielemans libera sus pájaros de 90 años en la armónica, la vida camina por las yemas del alma. Por el beso de los colibríes.